Abrigo esos instantes, esa lluvia de luz, certeras luciérnagas que arden como pavesas en medio de los dos, tienen lo que nunca se apaga, lo que hace esperar los trenes de la noche, las sílabas que te envuelven como una ola y dejan estremecidos todos tus recuerdos.
Morir en la palabra como lo hace la noche en el canto del mirlo...ahora que no somos nada, dos preguntas que se buscan entregadas a las mareas, dos voces que no reconocen el impulso del océano...ahora que todo lo que tenemos es el aroma que dejaron ciertas sílabas en la carne estremecida y el fragor de una batalla entre un ovillo de sábanas y gemidos.
¿Qué queda del después?, sin saberlo preguntamos al cuerpo su ansia deshecha en el otro cuerpo y oímos un murmullo de bosque, un quehacer de hormigas cortando las hojas, el vaivén de su paso todavía vivo entre los muslos y la cadencia vertebrada de fuego de la última marea.
Valoro lo infatigable, la querencia de ti dentro de mi cuerpo, una llamada sorda, gutural que siento a golpe de tambor cuando en mi soledad y en la distancia te pienso, te contemplo, te hago deshacerte en mí.
Abrigo esos instantes, esa lluvia de luz, certeras luciérnagas que arden como pavesas en medio de los dos, tienen lo que nunca se apaga, lo que hace esperar los trenes de la noche, las sílabas que te envuelven como una ola y dejan estremecidos todos tus recuerdos.
Morir en la palabra como lo hace la noche en el canto del mirlo...ahora que no somos nada, dos preguntas que se buscan entregadas a las mareas, dos voces que no reconocen el impulso del océano...ahora que todo lo que tenemos es el aroma que dejaron ciertas sílabas en la carne estremecida y el fragor de una batalla entre un ovillo de sábanas y gemidos.